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Leo Lionni: Iba a hacer cosas

 

Holandés, judío, familia lapidaria, emigrante, nómada, imaginador, memorioso, políglota, desertor, fotógrafo, escultor, pintor, diseñador, cosmopolita, autodidacta, exitoso, exigente, vividor, escritor. Estas son algunas de las palabras claves que he ido apuntando mientras leía su autobiografía: "Entre mundos" publicada por la editorial Kalandraka. Leer su obra es fascinante, pero sus propias memorias son un recuento deslumbrante de una vida que comenzó en 1910 en un pueblecito a las afueras de Ámsterdam (en una cabaña). Un día que "recuerda" como "un buen día". Un día que resume en Dos cincos y un diez: una simetría entre la infinidad de los números. Dos cincos: mis manos. Un diez: mis dedos. Iba a hacer cosas.


Autorretrato

Este "hacer cosas" es el recuento de una búsqueda en un mundo cambiante. Guerras, viajes, emigraciones, abandono de sus padres cuando se marchan a Estados Unidos a probar fortuna y lo dejan dos años con una abuela. El tío Piet, que diseñó su cuna y le introdujo en su taller donde pudo hacer sus primeros pinitos con pinturas y papeles. Estudios inacabados. Trabajos esporádicos. Un matrimonio veinteañero con Nora, con quien vivió 65 años y quien fue cómplice, amiga, madre de sus dos hijos en lo que fue una vida de búsquedas. Las memorias de Lionni repasan, básicamente un mundo lleno de personajes singulares: artistas como Picasso o Calder, pinitos con el futurismo, amor por la Bauhaus donde dio clases durante un verano en Estados Unidos. Amigos en el mundo del arte y, sobre todo, del diseño, donde encontró un lugar donde quedarse una larga y exitosa temporada después de haber pasado unos cuantos años en publicidad. 




Lionni organiza su vida en bloques de fechas: de 1910 a 1931 cuando se casa con Nora después de haber vivido en Holanda, Bruselas, Génova, Milán y Estados Unidos. La época en la que pinta y se pregunta por el sentido del arte, su descubrimiento de la poesía francesa, la madre cantante, sus dificultades en diferentes escuelas, el aprendizaje de idiomas, el primer amor.  1931 a 1948 en una Italia tomada por los fascistas, el primer hijo Mannie, su socio en el primer trabajo como ayudante de fotógrafo de arquitectura, estudios inacabados en Milán, nacimiento de Paolo, el segundo hijo, la huída a Filadelfia donde comienza a trabajar en una agencia de publicidad. Ahí se da cuenta de que los pocos cuadros que había pintado y los muchos que había imaginado tenían el objetivo de "expresar una actitud frente al mundo", pero no tenían nada que ver con el impulso o el deseo de pintar. En esta época conoce a Josef Albers quien le invita a dar clases en su universidad de Black Mountain. Allí descubre el valor de las preguntas: 
Autodidacta como era, sabía inventar respuestas, pero no sabía casi nada sobre las preguntas. Diseñad una mesa. ¿Qué es una mesa? Aprendí a hacer preguntas básicas. ¿Qué es una pintura? ¿Es una pintura una cosa? ¿Es una pintura la suma de sus partes? ¿Es una pintura una pintura de una pintura? ¿De qué color es el color? ¿Qué son las formas?



Cuando en 1948 le ofrecen un importante puesto en una de las agencias de la avenida Madison de Nueva York Lionni decide dejarlo todo y regresar con su familia a Génova para pasar un año. 

De 1948 a 1961 es la época en que comienza a trabajar en Nueva York como director de arte de la revista Fortune atraído por una profesión todavía no muy reconocida que se acercaba más al mundo de la arquitectura y las ideas que el de la publicidad. Mis principios siempre han desempeñado un papel importante en mi vida privada, social y profesional. En 1959 había conseguido poner la revista en el punto de mira del mundo editorial y artístico, trabajaba como consultor en Olivetti y atendía encargos particulares. Tenía éxito. Lo dejó todo para regresar a Italia y dedicarse exclusivamente al arte.

La decisión de poner fin a un período de nuestras vidas en el que habíamos tenido todo lo que un hombre o una mujer podrían pedir -éxito, dinero, amor, emoción, prestigio, salud y felicidad- no había sido un capricho romántico repentino, como sugerían algunos de mis amigos. Siempre había sabido alejarme de las situaciones sin el más mínimo rastro del miedo o el arrepentimiento que uno asociaría normalmente a un paso como ese. Tal vez fuera porque nunca llegué a dejarme llevar del todo por lo que yo llamaba el "gran juego", al que jugué apasionadamente, pero sin olvidar en ningún momento que era un juego.



Justo antes de abandonar Estados Unidos ocurre algo. En un viaje en tren con sus nietos, para entretenerlos, juega a recortar papeles y contarles una historia. Nace Pequeño azul y pequeño amarillo. Unos días más tarde, un humilde editor dice que lo va a publicar. La historia de papeles recortados a mano donde las posiciones del espacio podían evocar diferentes estados de ánimo mientras expresaban significados fue el primer libro publicado por Lionni. Hasta entonces había sido muchas cosas, en ese momento se convirtió en una más: escritor. 

En el bloque 1961 a 1985, los libros para niños van ocupando cada vez más espacio en sus recuerdos. Incapaz de hacer una segunda parte del primer libro y publicando uno un tanto experimental, On My Beach There Are Many Pebbles, escribió e ilustró Nadarín.  De sus primeros libros dice:

Por muy diferentes que fueran los cuatro libros entre sí, tenían algunas características en común: el ritmo, la sencillez de la trama, la lógica en la secuencia de acontecimientos y la posición de los personajes en la página. Todas esas cualidades tenían su origen en los cientos de páginas que pasaron por mis manos mientras preparaba los muchos números de Fortune que se produjeron bajo mi dirección artística. Debo reconocer que, aunque crear un libro infantil fuera algo totalmente nuevo para mí, era todo un profesional ya antes de empezar a dedicarme a ello y no tenía miedo a no ser capaz de mantener la versatilidad, la originalidad y, sobre todo, la pasión con la que me lancé en esta nueva profesión.

Una profesión por la que es recordado, adorado por niños y niñas que leen y han leído sus "fábulas" como Lionni llamaba a sus libros infantiles. Mientras produce sus libros sigue creando y experimentando: esculturas, cerámicas, flamenco, tocar algún instrumento, vivir la vida. Es difícil escribir una autobiografía y llegar al final, por eso Lionni cierra su libro con unas cartas a su amigo Bob Osborn en las que habla de las dificultades de la vejez, de los muchos recuerdos compartidos, de sus reflexiones sobre lo que ha significado escribir sus memorias, utilizar los recuerdos, adornarlos un poco, meditar sobre algunas cuestiones dolorosas, pequeñas alegrías. No es extraño que acabe contando cómo su nieta está jugando a hacer ratones con él con papel rasgado. 


Gracias, Lionni, por "hacer cosas".




Leo Lionni
Entre mundos. Una autobiografia.
Trad. Carlos Heras
Kalandraka, 2021






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