100% natural: cómo los libros informativos han contado nuestra relación con la naturaleza

Hace justo un año, en estos días, estaba terminando de escribir la charla que dí en Valladolid, en el Festival LINA, al que fui invitada para hablar sobre libros y naturaleza. Un festival para celebrar lo natural, que se realizó en un parque y tuvo lugar en septiembre de 2019. Han pasado muchas cosas este año, y creo que la naturaleza ha estado más presente que nunca en nuestros pensamientos. Por eso me animo a compartir ese momento de hablar de libros. Ya sabemos que un libro no reemplaza la experiencia de la naturaleza, pero puede que, después de leerlo, nuestra experiencia sea más intensa y rica.
Y ahora, prepara tu bebida favorita y regálate un buen rato de lectura...


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Buenos días y muchas gracias por la invitación a estas jornadas.

Antes de nada.

Aunque no he venido aquí a hablar de poesía, me gustaría comenzar con un pequeño fragmento del poeta romántico por excelencia, William Wordsworth:

Mi corazón salta cuando contemplo
Un arco iris en el cielo;
Así era cuando empecé a vivir;
Así es ahora que soy un hombre;
Así sea cuando envejezca
O antes muera.
El niño es el padre del hombre
Y desearía que mis días
Se sucedieran en piedad natural.

El movimiento romántico del siglo XVIII supuso un cambio fundamental de actitud, no solo ante el arte sino ante la vida en general. Nacido en la angustiante Inglaterra industrializada, buscó en la naturaleza y en la infancia inspiración para dar sentido a la vida. Baudelaire dijo que “el romanticismo no se sitúa exactamente ni en la elección del tema ni en la total sinceridad, sino en una manera de sentir”. Esa manière de sentir fue algo muy subjetivo y, por lo tanto, difícil de definir. Sin embargo, la exaltación por el poder de la naturaleza, el deseo de retornar a ella, a su misterio y simbologia fueron claves para huir del racionalismo industrial y productivo. “Escucha tu voz interior”, “mira hacia adentro” eran frases habituales entre los artistas, y todos comenzaron a expresar las creencias, esperanzas y temores de su época.

Creo que, en la actualidad, estamos en un nuevo “romanticismo”. Cuando el 80% de la población vive en ciudades urbanas donde el verde es una mera decoración, con vidas automatizadas y futuros inciertos, parece que experimentamos un retorno a la naturaleza como un espacio de escape y de esperanza. Vivimos en un mundo donde la ciencia nos ha hecho creer que somos los “nuevos dioses” y nos ha alejado cada vez más del verdadero contacto con el mundo natural. Hoy, hay un retorno clarísimo a la naturaleza, a la importancia de no perder contacto con ella, a experiencias de gente que abandona la confortable vida y se sumerge en nuevas experiencias donde lo natural adquiere protagonismo. 




Lo vemos en la cantidad de libros que llevan algunos años apareciendoNo me ha resultado nada difícil juntar una pequeña selección. 









Cuando un movimiento o una tendencia es tan potente en los libros para adultos, los libros para niños la reflejan igualmente. Es cierto que la naturaleza ha estado siempre presente en los libros infantiles: su fascinación es irresistible para los pequeños, que miran lo diminuto, se asombran con lo que les rodea, y plantean preguntas que no siempre sabemos responder. Los libros han brindado nuevas experiencias respecto a la naturaleza y han sabido alimentar esa curiosidad. Esta charla quiere rendir homenaje a todos aquellos creadores que han plasmado en un objeto de tres dimensiones los secretos y las emociones que encierra lo natural, además de hacer un pequeño recorrido sobre cómo los libros han contado nuestra relación con la naturaleza.




Sin duda, el primer libro que reflejó una nueva manera de sentir fue el Orbis Sensualium Pictus, (Ediciones del Zorro Rojo), del pedagogo Jan Comenius quien, por vez primera buscó con su libro despertar los sentidos hacia lo que les rodeaba. Con un concepto revolucionario, creó un libro de gran belleza que invitaba a mirar más allá de la escasa realidad de un pequeño del siglo XVIII, cuando incluso la infancia todavía no existía como concepto.










Así que la naturaleza ha estado presente desde hace muchos años en los libros para niños y les ha contado cómo ha sido y cómo es el mundo. En el hermoso libro El cielo imaginado (A Buen Paso) de Pablo A. Mastro y Ana Suárez, nos cuentan cómo diferentes culturas interpretaron esas luces del cielo. 






Los esquimales relatan que las estrellas son pequeños agujeros en el cielo, o cómo para los incas lo que había en la tierra se reflejaba en el cielo como un mapa de caminos, conectando ambos mundos a través de la Vía Láctea.






Al principio.


Es cierto que al principio éramos naturaleza: nutríamos nuestro imaginario con relatos, mitos, historias llenas de simbología. Pero, poco a poco, cuando la humanidad se hizo sedentaria, el hombre comenzó a intervenir en su entorno. En este libro, Soy una fiera (Altea) viejuno ya pero muy interesante, José Luis Sánchez y Miguel Ángel Pacheco lo explicaron muy bien.




Los animales se hicieron domésticos, se conquistó el terreno, se buscó la manera de vivir con mayor comodidad. Se comenzó a construir. El ilustrador británico David Macaulay nos ha contado con detalle en sus libros cómo es eso de construir y cómo han sido los diferentes procesos de esta sofisticada ingeniería.





Campo y ciudad.

La vida, durante algún tiempo, parecía tener su equilibrio. Algunos autores, como la pareja de los Provensen, lo explicaron así de bonito en su libro Un año en la granja.














Martin y Alice Provensen


Otros creadores, como John Burningham, nos regaló el libro Las estaciones (Kókinos) inspirado probablemente en su infancia en la campiña inglesa. 





El libro recorre de manera poética y visual lo que ocurre cuando las estaciones muestran su personalidad. Es un libro que deja volar la imaginación con paisajes idílicos donde la naturaleza es la gran protagonista. No hay muchos datos, al menos de esos que hay que copiar para las tareas, pero su lectura nos deja un poso profundo, una nostalgia incluso, y un deseo de estar allí en ese momento.


Y, años más tarde, en Italia, la ilustradora Iela Mari, eliminó texto, depuró líneas y nos dejó con la esencia de la idea (Kalandraka).







Sin embargo, este mundo se ha perdido bastante, al menos para los niños de hoy en día. Algunos libros tienen el talento y la capacidad de recordarlo, como el precioso álbum Una granja de otra época (Corimbo) del francés Philippe Dumas. Con gran detalle, una cierta idealización y mucha información sobre cómo era la vida en otra época, su formato apaisado nos da la sensación de poder entrar en cada una de las páginas para estar en la cocina, en la lavandería, ordeñar a los animales, e incluso hacer mantequilla.












Pronto, las tensiones entre el campo y la ciudad se hacen notar. Cambia la vida, las relaciones con los animales, con la naturaleza y sus consecuencias. Los Provensen, grandes románticos, hicieron un libro sobre ello que está inédito en nuestro país. Town & Country donde yuxtapone escenas en uno y otro lugar, dejando a los lectores que saquen sus propias interpretaciones. 






La ciudad refleja el ritmo de las actividades, el anonimato, las diferentes culturas, la tecnología. 








El campo tiene ese aire familiar donde todos se conocen, los tractores atraviesan los campos, la actividad no se detiene y se observa lo que hay alrededor. El libro finaliza con un paisaje urbano donde los huertos habitan la gran ciudad anticipándose a uno de los grandes movimientos ecológicos del siglo XXI.




Pero no todos buscan la conciliación. 






Roberto Innocenti, en un álbum sin texto titulado La casa (Kalandraka) explora la historia de una sencilla casa rural donde los niños atraviesan el bosque, es usada como refugio durante la guerra, abandonada durante la posguerra, ocupada por los hippies y finalmente, reconvertida en un bastión de la vida moderna. 











La imagen transmite claramente su crítica a esos cambios, a ese abandono de la naturaleza.


Otros libros también han mostrado los efectos de la ciudad contra la naturaleza. La ilustradora norteamericana Virginia Lee Burton, creadora de hermosos libros para niños, en un libro publicado en 1942 que ganó la Medalla Caldecott muestra la indefensión de una casita que se ve rodeada de grandes edificios y cómo finalmente es devuelta al campo.








En este pequeño recorrido sobre las relaciones campo/ciudad quisiera mencionar el gran trabajo del ilustrador suizo Jörg Müller. Un libro inédito en español que consiste en una carpeta con 7 láminas independientes de tres metros por cincuenta centímetros. 






Müller recorre desde el 6 de mayo de 1953 un mismo escenario hasta el 3 de octubre de 1972. Documentándose en archivos y fotografías, consigue realmente hacernos ver qué tipos de cambios suceden. Aquí he superpuesto algunas de las láminas para ver el efecto que tendría extender todo el libro sobre el suelo y mirar con detalle.






Estoy presentando libros que no tienen palabras, o muy pocas: el peso de la información descansa en la ilustración que, como dice el dicho, vale más que mil palabras. Me gusta recordar con estos libros la importancia de la ilustración y con qué facilidad solemos decir que los libros informativos gustan a los poco lectores porque miran los dibujitos. La complejidad de interpretar imágenes es un reto tan importante como descifrar los signos escritos. La observación, el mirar atento que proporcionan las imágenes, son actitudes muy valiosas en el pensamiento científico.

La naturaleza también sirve de inspiración a la humanidad. En el libro de los coreanos Wan-doo Kim y Eun-Jin Ahn Inventos inspirados en la naturaleza (Castillo) nos explican cómo las actividades de los animales han inspirado herramientas para los humanos. 






Un libro que invita a observar y mirar pues desde la primera página dice: Si pones mucha atención a lo que te rodea, también podrás tomar algunas ideas prestadas de la naturaleza para inventar cosas maravillosas y habla de algunas de estas ideas, como el alambre de púas inspirado en los espinos de los rosales, el velcro copiado de los frutos de la bardana, la torre Eiffel inspirada en la estructura de los huesos o las excavadoras que imitan las patas delanteras de los topos. Es un libro difícil de dejar que nos cuenta más cosas de las que podemos imaginar por nosotros mismos y nos ayuda a mirar de nuevo la naturaleza con nuevos ojos.






El arquitecto Daniel Nassar parece que lo hizo y nos regaló este libro Animales arquitectos (Promopres), que Julio Antonio Blasco ha puesto en imágenes. Casas colgantes, móviles, jardines subterráneos, cabañas en los ríos, puentes colgantes y muchas estructuras curiosas. Un libro lleno de datos, información sobre las maneras de construir y habitar, en un libro con solapas e incluso instrucciones sobre cómo construir todos estos ingenios.






Las grandes preguntas.
Nuestra fascinación por la naturaleza incluye también las grandes preguntas de la vida: ¿de dónde venimos? ¿Dónde comienza todo? Son preguntas filosóficas a las que no siempre podemos contestar, pero por suerte hay creadores que han sentido la necesidad de contestarlas. Esto es algo que, a diferencia de internet, encontramos en los libros informativos: información organizada, datos, sugerencias, muchas, muchas preguntas y el cultivo del asombro. Internet, como sabemos, solo nos da algunas respuestas dependiendo, claro, de cómo sean nuestras preguntas. Mientras, los libros, despiertan preguntas nuevas, no siempre responden a todo y nos dejan con ganas de leer más.

Es lo que ocurre con el libro Diez semillas (Brosquil), de Ruth Brown, un libro cuyos editores simplifican diciendo en la contra: “¡Un libro singular y divertido para aprender a contar!” y que, basta mirar una sola vez para darse cuenta de su potencial, de la belleza que encierra y de cómo es algo más que un libro para contar…













Lo que vemos en este libro es mucho más que un registro aburrido del viaje de las semillas: encontramos emoción, ritmo, suspense, una estructura circular, textos que dicen poco, imágenes que cuentan mucho, ganas de saber más, preguntas nuevas, volver a comenzar…

El gran divulgador japonés Mitsumasa Anno, también quiso hablar de las semillas. 





Me encanta cómo el título, Las semillas mágicas (FCE), nos lleva a la ficción que, para muchos de nosotros, es lo que es la naturaleza: un gran invento ante el cual tenemos que usar la imaginación. 








Anno dice en una nota al final de esta historia:
 Titulé este libro Las semillas mágicas porque en cada pequeña semilla existe un misterioso poder que parece ir más allá de nuestro entendimiento. (…) Hace mucho, mucho tiempo, los hombres aprendieron a cultivar plantas para comer y satisfacer otras necesidades. Sembraron semillas y las fertilizaron, protegieron sus plantas de los pájaros e insectos que pudieran dañarlas, y le rezaron a un dios para que hubiera lluvia que las regara. Y cuando su cosecha produjo más comida de la que necesitaron, surgió el comercio, así como el cálculo y otras cosas que podemos pensar comunes a una civilización. Entones, desafortunadamente, algunas personas comenzaron a pelear entre sí. No mencioné tales dificultades en este libro. Sin embargo, encontrarás que muchos hechos del mundo son muy parecidos a los que se cuentan en esta historia, lo cual espero que encuentres interesante.
Por cierto, Anno nunca desaprovecha la ocasión de hacer algunos guiños al arte en general, como en esta escena donde los protagonistas están rezando para que llueva después de un tiempo de catástrofes y que nos recuerda al famoso cuadro de Jean-François Millet, El Angelus. Arte, literatura, ciencia, están estrechamente ligadas.










Con estilo más moderno, y siguiendo la estela de las semillas, el libro de la portuguesa Isabel Minhós Martins con ilustraciones de Yara Kono, busca el lado poético y de las preguntas en su exploración sobre el tema en sus Cien semillas que volaron (Cocobooks). Con una gráfica cercana al diseño y alejada de los libros más realistas, la historia de cien semillas que volaron y su devenir por el mundo muestra el proceso natural y, aunque en la historia asistimos a la pérdida de 90 semillas, bastará con que unas pocas encuentren su lugar.











De corte más científico es el libro de José Ramón Alonso e ilustrado por Marco Paschetta Semillas (A Buen Paso). Un pequeño gran viaje. Aquí el texto cobra protagonismo pues tiene que contar las distintas maneras en que viajan las semillas y cómo consiguen germinar. El viento, los animales, el agua, los hombres, o incluso ellas mismas. 




Es una gran gesta en la que toda la naturaleza parece ponerse de acuerdo. Las imágenes, reservadas a dobles páginas y algunas pequeñas que ilustran el texto ayudan en la lectura.





Robert Louis Stevenson dijo: “No juzgues cada día por la cosecha que recoges sino por las semillas que plantas”.

El compromiso.



Y eso es lo que se cuenta en la emocionante biografía de Wangari y los árboles de la paz, (Ekaré) realizada por una de las divulgadoras de biografías, Jeannete Winter. Wangari vivió en Kenia rodeada de árboles, cuando es adulta y ve cómo la deforestación se lleva los bellos bosques, decide plantar nueve árboles con los que inicia un movimiento ecologista sin precedentes que la lleva a la cárcel. En el año 2004 ganaría el premio Nobel de la Paz por su gesto y por el movimiento que reforestó en pocos años buena parte de África.












Jeanette Winter, en una entrevista, decía:
Me atraen las historias de la vida real, e historias reales que se relacionan con los hechos del mundo. Las historias sobre individuos valientes y con coraje me inspiran y quiero que los niños sepan sobre esta gente. Siento que los niños tienen la capacidad de entender los grandes temas de nuestras vidas, si acaso de modo más simple.

La historia de Wangari Maathai se ha contado en otros libros, como en este titulado Plantando los árboles de Kenia  (Juventud) de Claire A. Nivola. Me animo a presentar dos libros casi iguales en cuanto al tema, para mostrar cómo la ilustración, frente a un mismo hecho, convoca a lectores de diferentes manera y cómo estos ejemplos de vida invitan a la reflexión y, también, a la acción. 













Nivola en su nota final les dice a los lectores:
Wangari no se consideraba valiente. Simplemente pensaba que si alguien es consciente de que hay que hacer algo, y comprende qué hay que hacer, debe hacerlo, debe actuar.

Los libros informativos no solamente hablan de ciencia: presentan también a las personas que están detrás. Investigadores, amantes de la naturaleza, descubridores, y comprometidos con su trabajo. En los años ochenta, a raíz de la crisis por las vacas locas, aparecieron numerosos libros sobre ecología. Desde aquellos del tipo: 50 cosas que puedes hacer por salvar el planeta, a otros que alertaban con mucho escándalo sobre la destrucción del planeta. Esos libros dejaron de publicarse y hemos estado muchos años sin libros que les cuenten a los pequeños las inquietudes que tenemos ahora mismo en nuestra relación con el planeta. Hace algunos años, la ilustradora española Rocío Martínez publicó el libro La historia del Rainbow Warrior para explicar la hazaña de un barco que ayudaba a los animales marinos mientras alertaba sobre las consecuencias de algunos actos humanos.




También me gusta mucho, en esta estela de biografías que tienen que ver con la naturaleza el volumen de Francisco Llorca titulado Pequeños grandes gestos por el planeta, (Alba Editorial) que está dentro de una serie llamada “pequeños grandes gestos” dedicada a aquellas personas que se salieron de la fila en un momento de sus vidas y, con ese gesto, marcaron un precedente. 





Jane Goodall, Peter Willcox, Berta Cáceres, la ya citada Wangari, o la conmovedora historia del niño mexicano Omar Castillo Gallegos que, con ocho años, caminó cerca de mil kilómetros para ir a la selva de Chiapas y ver con sus propios ojos la alerta que habían dado en televisión sobre la destrucción del lugar. En su regreso, caminó durante días alrededor del palacio presidencial hasta que éste le dio audiencia y pudo expresar sus inquietudes. Hoy, los libros de texto de México recogen conceptos como la ecología y la defensa del medio ambiente gracias al gesto de aquel niño.  











La naturaleza se ha clasificado, coleccionado y llevado a los museos. Los libros informativos también hablan de la importancia de estas acciones e incluso, reproducen en un formato de papel, la experiencia de visitar un museo, como en los libros de Katie Scott y Kathie Willis que parecen un homenaje a los antiguos naturalistas en libros cargados de nostalgia y de detallada información (Impedimenta).













Creadores.
Cuando empecé a preparar esta charla tenía, más o menos dos pilas de libros como ésta. 





Me gusta el optimismo. 
Poco a poco me di cuenta de que en el rato que tenía aquí para compartir iba a ser imposible hablar de todos estos maravillosos libros. La naturaleza ha inspirado a creadores de todos los tiempos. Leo Lionni escribió incluso un libro inventándose una botánica nueva. 





Inventó nuevas clasificaciones, especies aún por descubrir inspiradas en las formas naturales y sin duda le sirvió para hacer posteriormente sus libros donde la naturaleza tiene un especial protagonismo. 













Eric Carle, quien nos ha dado algunos de los mejores libros informativos para niños, como La pequeña oruga glotona, (Kókinos) recuerda de su infancia los paseos que daba con su papá por la naturaleza y cómo éste acostumbraba a levantar las piedras para ver los pequeños animales que estaban escondidos. Este gusto por lo pequeño y por la naturaleza, que se han mantenido a lo largo de toda su vida, lo ha sabido compartir con sus libros. 





Él habla siempre de las “tres es” que tiene en cuenta al hacer libros para los más pequeños: emoción, educación y entretenimiento.

Y así han debido recordar su infancia aquellos creadores que hoy hacen maravillosos libros para niños. No quisiera dejar de mencionar el gran cuidado con que exploran los formatos, la gran belleza presente en sus imágenes, la variedad de formas que adopta la representación de la naturaleza: desde el homenaje más sentido hacia los primeros naturalistas, hasta la estética más rompedora. 







A veces es una obsesión, como la que tuvo la colombiana Luisa Méndez por las cabras en un país donde no existían y que le llevó a crear el divertido libro La cabra montés y yo  (Edelvives) en el que habla de la pasión que le llevó a documentarse y hacer el libro. Más de tres años estuvo trabajando Adrienne Barman en juntar cientos de animales e inventarse unas nuevas categorías para organizarlos. Su trabajo vio la luz en el libro Bestiario (Zorro Rojo). No sé si son muy científicas, pero sin duda son divertidas e invitan a mirar los tan estudiados animales de otra manera.











Me imagino a las francesas Virginie Aladjidi y Emmanuelle Tchoukriel inclinadas durante horas con sus acuarelas dibujando los cientos de detalles de esta obra que va camino de convertirse en enciclopédica (Kalandraka). 








Me he preguntado muchas veces cómo a los portugueses Ricardo Henriques y Andre Letria se les ocurrió hacer un actividario sobre el mar bajo la premisa de que “si el planeta tiene más agua que tierra ¿por qué no se le llama Mar? (Ekaré)








También celebré que la alemana Katrin Wiehle hiciera unos libritos para los más pequeños en papel 100% natural. El resultado son unos libros de suave tacto con fondos de color tierra que no podrían ir mejor para libros sobre la naturaleza (Lóguez Ediciones). 





O cómo de un tema aparentemente anodino -los peces- se puede hacer un libro tan increíble como el de Britta Tekentrup, Peces por todas partes. (Andana Editorial)









¿Y a quién se le ocurrió pensar en qué ve un gato en la noche?  (Silonia)











Y…puestos a imaginar… ¿Cómo es la vida de una abeja de primavera a primavera? (Zorro Rojo)










Ningún libro puede superar la experiencia de un paseo por la naturaleza. Escuchar sus sonidos, los olores después de un día de lluvia, tocar las hojas o mirar un árbol desde abajo. Sin embargo, los libros informativos pueden hacer que un paseo por el campo sea más emocionante después de haberlos leído, puede estimular los sentidos de otra manera: miran por nosotros, nos invitan a observar, nos dan emociones, aumentan nuestra percepción del mundo, y la hacen más real y cercana. Tratan, incluso de apresar lo inasible, como el libro de Megan Wagner Lloyd y Abigail Halpin, En busca de lo salvaje,  (Errata Naturae) recordándonos que algunas veces lo salvaje está enterrado muy hondo, tanto que parece que el mundo entero está pavimentado, limpio y ordenado.











Richard Louv, en su ensayo Los últimos niños del bosque  (Capitán Swing) habla de la terrible desconexión con la naturaleza de los niños de hoy en día. Esto hace que la idealicemos o la temamos. Citando a David Sobel, explica cómo la ecofobia está cada vez más presente en los pequeños. Niños que, durante las horas escolares acumulan exceso de información sobre el deterioro ecológico, ven vídeos sobre incendios forestales, indígenas desplazados por la industria petrolera y reciben datos de cómo durante su recreo, se habrán talado más de 4000 hectáreas de selva tropical para instalar ganado que llenará sus platos de hamburguesas. Esto, según Sobel, creará disociaciones en los niños, cuya falta de experiencia real en la naturaleza hará que la asocien con el miedo y el apocalipsis en lugar de la alegría y el asombro. 

Los libros informativos pueden ayudar a restituir el vínculo roto entre los jóvenes y la naturaleza. Frente al estudio escolar un tanto mecanizado, enfocado más a memorizar que a sentir, los libros informativos pueden ser la vía para estar afuera: desde los huertos que no se tienen hasta los pájaros que no se ven. Estos libros muestran la rica interacción entre todos los elementos naturales mientras siguen cultivando la curiosidad y el asombro.



Me gustaría despedirme con una cita de Rachel Carson, considerada la pionera del ecologismo moderno. Una mujer entregada a la ciencia y la contemplación del paisaje, que adoptó a su sobrino cuando éste se quedó huérfano y con cuya compañía, desde los 22 meses, exploró la naturaleza. La capacidad de asombro del niño ante fenómenos como la fuerza de las olas, el olor del mar o la oscuridad de la noche, la llevó a reflexionar mucho sobre nuestras relaciones naturales con el entorno. En este sencillo texto dice algo que me parece muy valioso en nuestro contexto:

Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro (…) se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos.



Y esto es justo lo que necesitan los libros informativos que nos acompañan: un adulto que los ponga en manos de los niños y quiera dejarse asombrar.
Muchas gracias.

(y seguiremos con este tema...)



9 comentarios:

  1. Buenisimo!! Unos lindos y valiosos hallazgos. Admiro mucho tus búsquedas y trabajo
    Gracias!

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  2. Maravillosa manera de encantar la lectura

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  3. Gracias Ana por el maravilloso recorrdio!! Ya tengo nuevos tesoros por ir a descubrir :)
    Siempre e sun placer leerte

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  4. Preciosa entrada, Ana. Muchas gracias

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  5. Muy agradecida del interesante y maravilloso recorrido que has desarrollado!

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