El poder de contar (a propósito de un libro de Pep Bruno)



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En el año 2008 el escritor J.M. Coetzee empieza una correspondencia con la psicóloga e investigadora Arabella Kurtz. Tanto el escritor como la terapeuta usan el lenguaje como medio: los dos exploran, describen y analizan la experiencia humana. El libro que recopiló estas cartas se titula El buen relato y es una larga indagación en los procesos creativos, pero, sobre todo, en el poder de las historias: la de los pacientes tratando de entender su mundo, como las que los escritores inventan. El yo, en cierto sentido, es una ficción. En ambos casos, dar forma a la historia, crear expectativa y dotar de intriga parecen ir de la mano. Como dice Coetzee en una de sus misivas: la imaginación narrativa es una fuerza benigna que tenemos dentro. 

El fascinante best-seller del historiador Yuhal Noah Harari, Sapiens basa su teoría de la evolución en la capacidad de ficción desarrollada por el homo sapiens. Es decir, en la posibilidad de hablar de cosas que no existen, creerse cosas que no ha visto y actuar. Para Harari esta “revolución cognitiva” en la que se creó el lenguaje ficcional marcó su superioridad respecto a otras especies. La ficción nos ha permitido no solo imaginar cosas, sino hacerlo colectivamente.


Podemos urdir mitos comunes tales como la historia bíblica de la creación, los mitos del tiempo del sueño de los aborígenes australianos, y los mitos nacionalistas de los estados modernos. Dichos mitos confirieron a los sapiens la capacidad sin precedentes de cooperar flexiblemente en gran número. Las hormigas y las abejas también pueden trabajar juntas en gran número, pero lo hacen de una manera muy rígida y sólo con parientes muy cercanos. Los lobos y los chimpancés cooperan de manera mucho más flexible que las hormigas, pero solo pueden hacerlo con un pequeño número de individuos que conocen íntimamente. Los sapiens pueden cooperar de maneras extremadamente flexibles con un número incontable de extraños. Esta es la razón por la que los sapiens dominan el mundo, mientras que las hormigas se comen nuestras sobras y los chimpancés están encerrados en zoológicos y laboratorios de investigación.







Parece que solo nosotros percibimos nuestra existencia en la tierra como un trayecto dotado de sentido. Una forma que se despliega en el tiempo, con un inicio, peripecias y un fin. En otras palabras, un relato. Este relato es el que confiere a nuestra vida una dimensión de sentido que parecen desconocer otros animales. Construimos relatos, historias y ficciones. Sin embargo, los escritores, o las historias que recibimos de los libros, van más allá de esta articulación de la realidad que más o menos todos podemos realizar. No se contenta con nombrar y dar cuenta de lo real. Le da forma, lo interpreta, lo inventa. El escritor da coherencia interna al conjunto, utiliza el lenguaje de otra manera y se esfuerza en cumplir una serie de criterios estéticos. Mientras que en la realidad acudimos a los hechos para enhebrar nuestros relatos de vida, en la ficción, se usan los símbolos para explorar y entender la experiencia.


Como dice Nancy Huston en su libro La especie fabuladora: 
La iniciación a la humanidad para nosotros: nanas, dibujos animados, cuentos, canciones infantiles y fábulas morales, películas de ficción, historias míticas y religiosas, videojuegos, documentales, clases de “historia” … Todos estos relatos se apoyan en una coherencia artificial y en estructuras análogas.  
No es extraño que los niños se sientan fascinados por las historias. Ese “Había una vez” es una promesa de un tiempo suspendido en el que ocurren cosas que nosotros mismos somos incapaces de imaginar, pero que nos alejan de realidades como la infancia, sujetas a presiones y obligaciones. Historias que hablan de asuntos remotos en su psicología, que les atrapan por la intriga, por los hechos fabulosos o inventados, con héroes con los que empatizan y, sobre todo, con un fresco de personajes que nos recuerdan nuestra mortalidad, debilidades y fortalezas. 


Viene todo esto a cuento de un importante libro que ha publicado el narrador oral Pep Bruno: Contar, de la editorial A Buen Paso. Un libro fruto de su larga experiencia contando (y leyendo), encontrando público que ha disfrutado con sus historias. Pero no es un ensayo sino, y aquí reside uno de sus encantos: es un libro álbum que parece dirigido a lectores pequeños pero tiene tanta miga oculta que también fascina a los lectores adultos. Es un libro informativo, un excelente libro sobre un oficio, una manera de estar en el mundo, un hecho que acontece desde que la humanidad tiene palabra.


El libro está dividido en dobles páginas que se leen de principio a fin gracias al hilo que Pep va desenmarañando cada vez. Un libro donde se cuenta la importancia del contar y escuchar, pero va lanzando preguntas a los lectores que ponen en funcionamiento su imaginación: ¿No has jugado nunca con una caja grande como si fuera una casa, un coche, una cueva, un cohete? (...) ¿Por qué no cierras los ojos y juegas a ver en tu cabeza cosas disparatadas?
Así que este libro, que habla de la necesidad de contar, también funciona como un manual que da pistas, muchas pistas, para que cada uno reflexionemos sobre nuestra habilidad como narradores, o para detenernos a pensar en qué ocasiones activamos el resorte de este músculo invisible. 


Ser conscientes del proceso de narrar, pero también adquirir algunas técnicas básicas como conocer bien el cuento que se va a contar, trazar un mapa mental que recorre sus hitos, interiorizarlo, ensayar y, lo más importante, tener una voz propia que da vida a esa historia según seamos nosotros. Por eso hay tantas versiones de un mismo cuento que narradores. El conjunto de historias que vamos integrando es lo que Pep llama la "memoria autobiográfica", a la que recurrimos cuando tenemos que sacar de la alacena los cuentos. Y, tan importante como contarlos es pensar en quienes lo escuchan y sus reacciones, así como el espacio donde ocurrirá la actividad.




El libro de Pep Bruno es uno de los libros informativos más originales que ha pasado por mis manos: no sólo por la difícil tarea de hacer concreto algo bastante abstracto (al menos para los que no somos narradores) sino por su elegante diseño, por las divertidas ilustraciones del jovencísimo Andrea Antinori, por una prosa cautivadoramente sencilla y por la necesidad que hay de libros como este. Las páginas finales, con curiosidades y bibliografía son el "qué ganas de saber más" tan necesario en estos libros. Ahora que las historias se llaman storytelling y han sido secuestradas por la industria de la publicidad y del consumo, este libro vuelve a ponernos en las manos el reto de volver a las historias inventadas, las creadas por la imaginación, las que se transmiten de grandes a pequeños, las que llegan a lugares remotos para cobrar nuevas vidas. Creo que es un libro que deberían leer todos los interesados en la literatura infantil. 








10 comentarios:

  1. Lo quiero!!!Ojala se puede conseguir en Argentina!

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  2. que belleza de lo que habla y cómo lo habla, lo buscaré yaaaaa

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    1. ¡Gracias por tu comentario! Espero que lo disfrutes tanto como yo...

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  3. Bello que atrapantes esas ilustraciones

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  4. Respuestas
    1. Espero que, ahora que te contesto (unos cuantos meses después) ya haya llegado... ;-) Un abrazo

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